Antes, para mí, la inmensidad y la complejidad del espacio eran una cosa, y la fe otra. Estudiaba el espacio y creía en el cielo. Pero ahora he visto a Dios en acción. Te he visto en acción, Dios mío. !Oh Dios sin Dios, ayúdame!
Contemplo el crucifijo colgado en la pared plástica, sobre la máquina de calcular número seis. Por primera vez en mi vida me pregunto si no es un símbolo vacío.
Todavía no he hablado con nadie. Pero no se puede ocultar la realidad largo tiempo. Ahí están las informaciones: en millares de cintas magnéticas, en millares de fotografías. Todos podrán leerlas. Centenares de sabios en el mundo las interpretarán tan bien como yo, si no mejor. Sé muy bien que mi Compañía ha tenido mala fama en el pasado por haber alterado sutilmente la verdad. Pero la verdad circula libremente al presente. ¿Puedo impedirlo yo? Eso sería intolerable.......
Divertía a la tripulación tener como astrofísico jefe a un jesuita. El doctor Chambler no se acostumbraba a ello, ¡Tantos médicos son ateos! Venía a veces a verme en el puesto de observación desde donde examino, a través del alumbrado tamizado, las estrellas que palpitan en su gloria salvaje. Se acercaba. Hombro contra hombro, ante el gran tragaluz ovalado, mirábamos cómo el cielo basculaba lentamente a medida que nuestra astronave daba vueltas a causa de un residuo de rotación que nunca nos habíamos tomado la molestia de anular. Terminaba siempre diciéndome:
-Helo ahí. Eso continúa, eternamente, sin fin. Quizás algo ha construido este universo formidable. ¿Pero cómo puede usted creer que ese algo se interese particularmente por nuestra pequeña Tierra?
Detrás del tragaluz, estrellas y nebulosas valsaban. Yo replicaba limitándome a citar a mis publicaciones en la "Revista de Astrofísica" y el "Boletín mensual de la Sociedad Real de Astronomía".
Le recordaba que la Compañía de Jesús ha estado siempre al frente del trabajo científico. Es cierto: nuestra contribución a la astronomía y la geofísica, si se piensa que no somos más que un pequeño número de hombres, es considerable.
¿Pero mi informe sobre la nebulosa Fénix va a poner fin a mil años de historia de nuestra Compañía? Temo que ponga fin a más cosas todavía.
No sé quién le dio ese nombre a esta nebulosa. Es un nombre que no me gusta. quiero creer que es profético. ¿Pero cuántos millones o millares de millones de años necesitaremos para saberlo?
En la escala cósmica, la nebulosa Fénix es muy pequeña. Es una cáscara de luz incandescente. Yo había colocado el grabado de Rubens que representa a Loyola junto al espectrofotómetro. Padre mío, ¿qué habrías hecho con lo que yo sé? ¿Tu fe habría sobrevivido, se habría afirmado cuando la mía se hunde?
Hacia que punto en la lejanía se puede fijar la mente. Padre mío? He recorrido distancias que tú no podías concebir cuando, hace mil años, fundaste nuestra Orden. Ninguna astronave se ha alejado tanto de la Tierra. Estamos en la frontera del universo conocido.
Salimos para llegar a los restos de la nebulosa Fénix. Los hemos alcanzado, Padre mío, y vuelvo abrumado: Necesitaría ayuda. Pero llamo en vano más allá de los siglos y de los años-luz.
En el libro que tienes en las manos, tal como te ha representado Rubens, se leen las palabras: Ad Majorem Dei Gloriam. Me duele, pero ya no creo. ¿Y tú seguirías creyendo, Padre mío?
Al partir sabíamos qué era la nebulosa Fénix: un inmenso montón de muerte. Sólo en nuestra galaxia, cien estrellas estallan cada año, duplicando o triplicando bruscamente el resplando en la llama de una nova.
Pero tres o cuatro veces cada mil años es la llama inconcebible de una supernova la que brilla en el espacio infinito, anonadando con su luz todos los soles de una galaxia. Los chinos vieron una en 1054 de la era cristiana sin comprender qué ocurría. Cinco siglos después, en 1572, en la constelación de Casiopea, una supernova se hizo visible en pleno día. Pasaron mil años y se vieron otras tres supernovas. Nuestra misión consistía en visitar los restos de esa catástrofe destructora de planetas y, si era posible, averiguar sus causas.
Llegamos a través de las capas concéntricas de gas. Eran muy calurosas e irradiaban una luz violeta. En el centro de una cáscara que tenía mil veces la dimensión de nuestros sistema solar quedaba un objeto fantástico que había sido una estrella: una enana blanca, el cadáver de esa estrella, más pequeña que la Tierra, pero que pesaba mucho más.
Detuvimos nuestro propulsor interestelar y derivamos a velocidad reducida hacia la estrellita. Nadie esperaba encontrar planetas. Si los había habido antes de la explosión tenían que haber sido volatilizados. Pero encontramos un mundo muy pequeño a una inmensa distancia de esa estrella muerta. La llama de la explosión había calcinado sus rocas y destruido toda vida. Nos posamos allí y encontramos el Receptáculo.
Quienes lo habían construido habían tomado sus precauciones para que lo encontraran algún día. Nuestros detectores descubrieron flechas de radiactividad grandes como continentes y enterradas en las rocas, parecidas a las luces de un faro encendido para la eternidad. Nuestra nave, siguiendo esas flechas, llegó al blanco. Las columnas de apoyo, sobre el Receptáculo, habían tenido tres kilómetros de altura. Ahora parecían cirios derretidos. Excabamos durante semanas a través de las rocas calcinadas. Harán falta generaciones de seres terrestres para hacer el catálogo de los mensajes enterrados. Quienes han dejado esos recuerdos de su vida sabían que su sol iba a estallar. ¿Lástima que no dispusieron de más tiempo! Sabían viajar entre los planetas de su sistema, pero no habían descubierto la navegación interestelar. Y el sistema solar más próximo se hallaba a diez años-luz.
Eran seres humanos. Los vimos en seguida en sus esculturas. Han dejado películas y máquinas para proyectarlas. Y toda la belleza, toda la gracia de una civilización divinamente superior a la nuestra se nos aparecieron. Sus planetas eran bello, sus ciudades tenían un encanto exquisito. Los hemos visto trabajar y jugar. hemos oído sus voces musicales.
Tras mis párpados se ha fijado una escena: unos niños juegan en una extraña playa de arena azul, y el sol traidor, cuya explosión iba a martirizar a esa inocencia, se hunde tranquilamente en el mar.
Lo sé, lo sé: culturas y razas han desaparecido de nuestra Tierra. Pero la de allí es una destrucción completa, el engullimiento irremediable de todo un mundo en plena floración y en pleno triunfo. ¿Cómo conciliar esta muerte inmensa con la compasión de Dios? No obtengo respuesta. ¿Acaso, Padre Loyola, oíste voces que para mi alma están muertas? Nada me ha ayudado en los ejercicios espirituales. No había más mal en ellos que en nosotros, Padre mío. No sé a que Dios adoraban, ni siquiera si adoraban a Dios. Pero he visto su belleza a través de los siglos....
Adivino lo que mis colegas de las sociedades sabias dirán a mi regreso. Dirán que el Universo no tiene plan ni propósito. Cien soles estallan cada año en nuestra galaxia. en este momento mismo, en las profundidades del espacio, formas de vida y de pensamiento desaparecen, y que esas formas hayan hecho el bien o el mal, nada cuenta finalmente; no hay justicia de Dios.
Sé que mi emoción supera a mi lógica. Dios no tiene porqué justificar sus actos entre los hombres. Quien ha construido el Universo tiene derecho a destruirlo o a trransformarlo a su gusto. ¿Sabemos, podemos atrevernos a decir lo que puede hacer o no hacer? Sí, sí, eso es una arrogancia parecida a la blasfemia. Conozco esos argumentos, Padre mío. Pero hay un punto más allá del cual la fe más profunda se agrieta. He llegado a ese punto. Mis cálculos me han llevado a él.
Antes de llegar a esta nebulosa sacrificada no podíamos saber cuándo se había producido la explosión. Ahora lo sabemos por la observación astronómica directa y por el análisis de la rocas. Sé también en qué fecha exacta la luz de esta catástrofe brilló durante unas horas sobre la Tierra, en qué fecha la luz de esta supernova iluminó el cielo de la aurora de un país de Oriente. No es posible duda alguna. ¿El antiguo misterio está resuelto, ay! ¿Habrías podido utilizar tantos otros fuegos, Dios mío, para avisar a los magos!
Dios mío, ¿por qué arrojaste a esos pueblos bellos en el horno ardiente para que el resplandor de su
fin brillara sobre Belén?
Cuento de Arthur C. Clarke
Pintura de Miguel Lo Coco de la serie Homenaje a Roberto Juarroz.

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